Samuel Florez vivió hasta los siete años con un papá que lo obligaba a pasar la noche parado y desnudo afuera de su casa. Estuvo una década en hogares de niños donde le pegaban, lo ahogaban y lo ataban. Dos de sus hermanos murieron en hogares de Virasoro, Corrientes. Hoy tiene veinte años, vive con una familia adoptiva y va en busca de sus sueños.
Samuel Florez, un joven de 20 años, se convirtió en el protagonista de la última emisión de Es mi sueño al presentar una performance que combinó talento vocal con un relato de resiliencia conmovedor.
Antes de cantar, el concursante compartió detalles de su infancia marcada por la vulnerabilidad y el proceso mediante el cual formó su familia actual, lo que hizo llorar a Jimena Barón.
La historia de vida de Samuel
A las seis de la mañana le regalaban pan en la panadería. Terminaba e iba al basurero a buscar algo comestible. A la tarde, cruzaba el monte para trabajar en una olería, donde se fabrican ladrillos y tejas. Su escaso sueldo se invertía en víveres. No tenía más de siete años. No tenía otra opción. No importaba que hiciera frío, calor, tormenta. Él y su hermano David eran los encargados de suministrar el alimento de los nueve integrantes de la casa. Pero el tormento no estaba afuera, sino adentro. Lo peor llegaba cuando volvían. Papá borracho les pegaba, los torturaba: los obligaba a hacer guardia de madrugada, afuera, desnudos. «Decía que nos entrenaba para la guerra», retrata.
Así creció Samuel Oscar Florez, nacido el 20 de septiembre de 2005 en Virasoro, una ciudad correntina de por entonces menos de treinta mil habitantes. Una asistente social rescató a los siete hermanos cuando él tenía siete años. Lo que supuso ser un sosiego, resultó un infierno. Vivió en el Hogar número 8 de Virasoro. «Nos pegaban con cinturones, con palos. Nos tiraban agua caliente. Nos ahogaban en baldes», relata. A sus hermanas las pinchaban con agujas. «De las 24 horas, veinte nos maltrataban», recuerda.
Los administradores cambiaron. Una pareja asumió el cargo del Hogar. Pensaron que su suerte iba a mejorar. Los llevaban a la iglesia. La armonía duró poco. «Nos castigaban. Nos ataban. Hacía mal algo y me pegaban mucho, me pegaban demasiado», dice Samuel. Los maquillaban para esconder los moretones. Los médicos tenían la entrada prohibida. Nadie podía saber lo que pasaba puertas adentros de los hogares de Virasoro.
Un plan de remodelación obligo el traslado de sesenta kilómetros a hogares de Santo Tomé, en Corrientes. La dinámica era distinta: ya no lo regenteaba una familia, sino que cuidadores alternaban la asistencia en turnos de ocho horas. El trato mejoró ostensiblemente. Los suplicios perduraron. La noche escondía los abusos entre los niños. Los hermanos se desvelaban para cuidarse entre ellos. Nunca tuvieron a nadie más.
Samuel, en 2022, le envió una carta a la ONU para denunciar el padecimiento. Escribió de puño y letra: «Recuerdo que una vez nos pegaron tanto que junté fuerzas para contarle a la encargada del Hogar de Virasoro, que se llamaba Sonia, sobre los maltratos, abusos y palizas que nos daban. Ella me escuchó y no hizo nada, al contrario, los castigos empeoraron después de que me animé a hablar». Para entonces, sus hermanos Claudia y Claudio ya habían muerto: Claudia a los 19 años y de Lupus, luego de que se le negara el tratamiento en los hogares, Claudio con solo catorce y en circunstancias confusas en un hogar de Virasoro. Samuel se enteró del fallecimiento de su hermano mientras cumplía su primer mes con una familia adoptiva que conoció mientras iba al colegio en Santo Tomé.
La investigación de la muerte de Claudio, ocurrida en 2022, está a cargo del fiscal Aníbal Cazarre. En el Juzgado de Menores de Virasoro, siguen los mismos funcionarios que desoyeron las denuncias presentadas. La directora de los hogares, Sonia Prystupczuk, fue acusada de abuso de autoridad y mal desempeño como funcionar pública. Hace tres años recibió prisión domiciliaria y solo tuvo pulsera electrónica doce meses. Hoy se pasea en libertad, mientras se espera que la causa se eleve a juicio.
El equipo de @elfaroayuda mantuvo un compromiso de 11 años con los niños de Virasoro, Corrientes. Tal fue el impulso en los reclamos de justicia y el asistimiento a las víctimas que a Patricia Ramos, madrina solidaria, y al Dr. Etchegaray, abogado querellante, se les prohibió volver a visitarlos. Pese a eso el compromiso sigue intacto.
En aquel 2022, Samuel empezó a preguntar qué hora es cuando volvió a vivir en una casa de familia, cuando la rutina perdió la estructura y monotonía de los hogares. Aprendió a ser querido y entendió que ya no debía cuidar a nadie: volvió a ser hijo. Samuel recupera los momentos felices de sus años oscuros: recuerda un único regalo de su papá violento, revive la alegría de su hermano por subirse por primera vez a un auto y rememora el día que conoció la música en la Iglesia a la que iba con moretones maquillados. Samuel indultó a sus padres biológicos porque necesitaba avanzar: «Una vez que perdonás sentís que soltás las cargas y podés seguir». Samuel canta la canción Buscando una señal que le enseñaba a sus hermanos en los hogares. Samuel canta para que su hermano Josué tenga la suerte de ser adoptado como él, canta para que su historia sea faro, canta porque quiere enseñar que «siempre pero siempre, siempre hay una luz al final del túnel».

