Un infiltrado dentro del Banco Nación se convirtió en la llave maestra de una organización criminal que vaciaba cuentas con DNIs falsos y operaciones truchas. El juez lo procesó con un embargo multimillonario: la traición se cocinó desde adentro de la bóveda.
No fue un robo a mano armada. Fue peor: una traición interna.
Juan Ignacio M., conocido como Cara de Póker, trabajaba en el sector Oficios y Embargos de la sucursal Plaza de Mayo. Tenía acceso privilegiado a lo más sensible: nombres, saldos, firmas, documentos. Con esos datos, la banda armó una maquinaria precisa para suplantar identidades y vaciar cuentas.
El plan era quirúrgico. Se falsificaban documentos con nombres reales, pero con fotos de los delincuentes. Así retiraban dólares de las ventanillas como si fueran clientes legítimos. En un golpe, Nicolás Paulo G. se llevó US$28.000 con un DNI apócrifo. No fue el único intento: la organización funcionaba como una empresa del crimen, con roles y tareas asignadas.
Las alarmas saltaron cuando cajeros detectaron inconsistencias: fotos distintas, documentos rosados, firmas que no encajaban con los archivos. Ese descuido abrió la grieta que permitió detener la estafa.
El juez federal de Campana, Adrián González Charvay, procesó a cuatro imputados y embargó al empleado traidor por 150 millones de pesos. En la resolución fue tajante: “Tenía a su cargo la obtención de información interna, imprescindible para el accionar de la organización”.
La operación criminal duró poco más de un mes, entre marzo y abril de 2025. Pero alcanzó para exponer una herida mortal en el sistema financiero: la amenaza no siempre viene de afuera.
Cuando el guardián se convierte en ladrón, ¿quién protege los ahorros de los argentinos?

