InicioReligión¿Por qué Jesús te pide que renuncies a lo que más amás?

¿Por qué Jesús te pide que renuncies a lo que más amás?

spot_img

Todos, en algún momento, tenemos que soltar algo que amamos. A veces es una relación, un proyecto o un sueño que no salió como esperábamos. En esos momentos, las palabras de Jesús suenan tan desafiantes como esperanzadoras:

“Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme.” (Mt 19:21)

¿Qué significa realmente “renunciar” para seguir a Cristo? ¿Se trata de un sacrificio doloroso, o de algo más profundo que transforma el corazón?

¿Por qué renunciamos?

Muchos piensan que la vida cristiana consiste en una serie de sacrificios: dejar cosas por deber o por temor. Pero cuando el “renunciar” se convierte en un sacrificio moralista, deja de ser cristiano y se transforma en otra forma de autojustificación. Jesús no nos llama a renunciar para probarnos, sino para liberarnos.

El verdadero motivo de la renuncia no es ganar méritos, sino amar más profundamente. Jesús dijo que quien deja casa, familia o bienes “por causa de mí y del evangelio” (Mc 10:29) recibirá mucho más. El centro no está en lo que perdemos, sino en quién es Aquel por quien lo dejamos.

La diferencia entre el moralismo y la fe cristiana está en la dirección del corazón. En el moralismo, el centro soy yo; en la fe, Cristo lo es todo. La renuncia cristiana no busca obtener algo de Dios, sino reflejar que Dios ya lo es todo para mí.

Cuando Cristo se convierte en el fin —y no en el medio para alcanzar mis propios sueños—, la renuncia se vuelve adoración. Ya no dejo cosas “para que me vaya bien”, sino porque mi mayor bien está en Él.

¿A qué renunciamos?

Jesús menciona cosas concretas: “casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos” (Mt 19:29). No está hablando de abandonar literalmente a nuestra familia, sino de destronar del corazón todo aquello que compite con Su señorío.

A veces, el problema no es lo que poseemos, sino lo que nos posee. Abraham no amaba mal a Isaac, pero su amor por el hijo se había interpuesto entre él y Dios. Por eso el Señor le pidió que lo ofreciera: no porque quisiera quitarle un hijo, sino porque deseaba recuperar su corazón.

El verdadero peligro no son los ídolos paganos, sino los ídolos buenos: esas cosas legítimas que, sin darnos cuenta, se vuelven absolutas: la familia, el trabajo, el ministerio o la seguridad económica. Cuando cualquiera de ellas ocupa el lugar de Dios, la renuncia se convierte en el acto más saludable del alma.

Renunciar no es negar el amor, sino ponerlo en su orden correcto: amar primero a Dios, para poder amar bien todo lo demás.

¿Cuándo podemos renunciar?

La renuncia auténtica no se impone: brota de una visión. Nadie suelta lo que ama hasta que encuentra algo infinitamente más precioso. Pablo lo dijo con claridad: “estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús” (Fil 3:8).

No fue fuerza de voluntad lo que lo llevó a considerar su pasado “como basura”, sino el sabor del Reino. Cuando alguien prueba lo eterno, lo temporal pierde su encanto. Así también Pedro, después de contemplar la gloria de Cristo en el monte, ya no habló de sí mismo ni de su casa, sino de permanecer allí, con Él (Mt 17:4).

Solo quien ha probado la hermosura del Reino puede soltar el mundo sin nostalgia. No se trata de despreciar las cosas, sino de haber descubierto un tesoro mayor. El cielo no se conquista por sacrificio, sino por amor.

Conclusión

Renunciar, en la fe cristiana, no es una pérdida, sino una ganancia; es una expresión concreta de la libertad que tenemos en Cristo. Cuando Cristo se convierte en nuestro bien supremo, las cosas de este mundo pierden su poder de dominio sobre nosotros.

Por eso, el creyente no dice: “tengo que renunciar”, sino “quiero soltar”, porque ha hallado algo —o, mejor dicho, a Alguien— incomparablemente más valioso.

Desde esta convicción, el cristiano reafirma su fe fundamental: Cristo es su bien supremo y su tesoro más preciado. A la luz de esa certeza, la renuncia deja de ser un acto impuesto por el deber y se transforma en una respuesta de amor. No brota del vacío, sino de la plenitud que proviene de la gracia; no representa una pérdida, sino la manifestación más pura de adoración.

LO+LEÍDO

Luis Miguel fue internado en Nueva York: aseguran que el artista está en observación

Para sorpresa e incertidumbre de todas sus fanáticas, el Sol de México estaría hospitalizado...

Confesó que debe 30 millones a los 25 años, pidió trabajo y se volvió viral: “No tengo ni para el colectivo”

Maxi Nakasone, de Florencio Varela, contó que se volcó al comercio online. Maxi Nakasone, de...

UNaF salió a responder las denuncias y defendió la vigencia del artículo 73

En medio de la creciente crisis institucional que atraviesa la Universidad Nacional de Formosa,...

El Gobierno puso a disposición de Estados Unidos la lista de argentinos con derecho de admisión en estadios

El Ministerio de Seguridad de la Nación puso a disposición de la Embajada de...

TODO LO QUE TENES QUE SABER EN DNA

Igor Thiago pone a Jesús en el centro de su éxito en el fútbol europeo: “No estaría aquí si no fuera por Jesús”

El delantero brasileño Igor Thiago se ha consolidado como uno de los jugadores más...

Cuando la gracia gobierna el hogar, la familia deja de sobrevivir y empieza a vivir

En tiempos donde los vínculos familiares atraviesan tensiones, heridas y distancias cada vez más...

La fe en Corea del Sur: los evangélicos se mantienen firmes ante el avance de la secularización

La religión en Corea del Sur atraviesa una transformación profunda, marcada por el crecimiento sostenido del...